Me despierto, me levanto, desayuno en el sofá y como persona condenada a sus quereseres voy y abro el ordenador. Animalitos de costumbres, somos. Bien pues, reviso todas y cada una de las redes sociales donde estoy metida mientras acabo de devorar mi café u oigo (que no escucho) las noticias. Hasta aquí todo correcto y rutinario. La cuestión está en que al repasar Google Reader voy y me encuentro con un post de cierto blog que, pensaba, había caído en el olvido.
Pongámonos en situación. Yo personalmente, hice nacer este blog como proyecto de la asignatura Periodismo Digital. Se trataba de algo voluntario y totalmente libre. Di la verdad, también querías arañar algún punto de más en la nota final. Amor al arte, el justo y necesario. Pues aproveché la ocasión. Resulta que la mayoría de estos blogs, abiertos por necesidad y subsistencia, se convirtieron en la carta de presentación de cada una de las personas que estamos en clase. De qué se hablaba, cómo, a quién se nombraba, por qué… hasta los colores de las plantillas, o la música de los reproductores me podían explicar con quienes vivo entre semana.
Existieron, y al parecer todavía perviven en la red, páginas de todo tipo: informativas, irónicas, deportivas, culturales, económicas, sociales, literarias… y sobre todo, personales. Muy personales. Escribíamos tanto por obligación como por desahogo. Proyectos de periodistas somos, y se nos siguen escapando las palabras sin querer. Me ha sorprendido ver a las 9 AM de esta mañana algo así. Saber que, aunque sea una persona, se acordaba de que su hueco (o cueva, o rincón) continuaba ahí. Es como cuando vuelves a casa después de gambar varios años por el mundo.
En su momento, toda esta parafernalia me pareció bien. ¡Qué digo! Bastante bien. A veces te ofuscas con quienes pasas todos los días tus horas y no te preocupas por saber qué inquieta al resto. De esta manera lo entendí.

En los baños de la Tate Modern (LDN) no se escriben guarradas, sino esto.








