Normalmente y milagrosamente, los domingos por la noche la mesa del comedor se llena de ropa perfectamente plegada y lista para ser usada de nuevo. Huele a limpio, lo blanco es blanco y lo de color conserva sus tonalidades. Y no ha hecho falta plancharlo porque en el mismo tendedero y con el sol (ese gran desaparecido) queda tiesa y preparada para ser plegada. Eso en casa, en mi casa de verdad.
En cambio, aquí en Bruselas, en mi casa de mentira, no hay lavadora ni secadora. Es algo muy común fuera de España. Vaya por dios, qué caprichosos somos… Si pretendes sobrevivir y poder taparte del frío, debes ir a la lavandería, es decir, salir de casa. Puedes ir a la que más te guste, a la más cercana o simplemente a la más limpia. Yo, personalmente, prefiero la más cercana, pues la ropa al final pesa.
Depende del día que vayas y de la hora, tu excursión será más o menos divertida, más o menos fugaz, o más o menos satisfactoria. Por la mañana encuentras a amas de casa y la dueña es una señora. Y por la tarde a jóvenes con prisa y el dueño es un señor negro que inexplicablemente me recuerda a la película El Príncipe de Zamunda.
Hoy era sábado, y por motivos diversos, en lugar de ropa interior llevaba puesto un bikini. Crisis en el armario. He ido a la lavandería a la hora de comer, suponiendo que por ser la hora de estar sentado o sentada frente a la mesa no estaría del todo abarrotada. Gran fallo: me he encontrado a familias enteras vaciando y llenando maletas, niños ayudando a sus madres y señores apañándose con sus camisas y sus calcetines. Ni una sola lavadora libre. Ni una, y yo que tenía que poner dos… (excepcionalmente, ya digo que llevaba el bikini puesto). Ha sido esperar, meter las fichas y el detergente y volver a casa media hora. Y, como es normal, volver a bajar para poner las secadoras en marcha. Ahí ya no había problema, las familias habían desaparecido, y yo supongo que se habrían ido a sus casas a comer (paella) cosas típicas de sábado.
Quedábamos tres: un hombre claramente soltero, una mujer plegando ropa de bebé, y yo. Ha sido parar las secadoras y meterme dentro de una sudadera muy calentita. ¡Pequeños placeres de lavandería! Supongo que ya me entendéis… He ordenado dos semanas de ropa, le he dado la vuelta a dos semanas de pares de calcetines, he doblado mi juego de sábanas y todas las toallas que pudiera tener, y he dejado perfectamente plegados mis pijamas. El motivo era que en los últimos días el frío ha sido preocupante y las capas de ropa aumentaban, además de que llevaba cuatro días pensando en lavar, pero nunca me decidía. Creo que esta noche me iré a dormir con toda la satisfacción del mundo, después de dos horas de reloj y una hambruna preocupante, a las cuatro de la tarde.
Nota mental: SIEMPRE vale la pena dejarlo todo perfectamente plegado antes de salir de la lavandería.

